miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cap II


-. ¿Tomás te llamó?- Eva empujaba un baúl contra la tapiada puerta mientras su hermana apilaba las latas en la alacena.
-. Si.- Contestó con la mirada fija en la ilustración de unas arvejas-. Dijo que estaba en camino.- Hizo una breve pausa, casi perdiéndose en sus ideas cuando sintió la firme mirada en su rostro-. Hace media hora ya.- Continuó torpemente. La mujer asintió y se acercó para ayudarla con las botellas. Guardaban el agua en la mesada, donde rompiendo el cemento habían cavado un pozo en la tierra que las mantenía bastante frescas, escondidas del sol.
            Quince minutos demoraron en organizar la nueva mercancía y terminada la tarea se sentaron en dos sillas sumiéndose impacientes en una espera que no dio su fin hasta las nueve de esa noche, cuando el sol fue devorado completamente por la oscuridad. Sólo una vela alumbraba la precaria cocina, la luz revelaba su ubicación a cualquiera que estuviera rondando fuera, y no deseaban compañía.
            Tres golpes sonaron en la puerta que daba a la cochera compartida, seguidos de la pesada voz de su hermano que fue calma en los oídos de las que habían permanecido inmóviles alrededor de la mesa hasta entonces. Corrieron un mueble que bloqueaba esa segunda entrada y recibieron al muchacho, con fuertes abrazos y alegría.

            La cena consistió en dos latas de choclos y, como postre, una de duraznos en almíbar. El menú era determinado por la proximidad en la caducidad de los productos, y la facilidad de preparación, intentaban no cocinar para no aumentar el ya insoportable calor, pero había días en los que no tenían demasiada elección.

-. No quiero que vuelvas al trabajo.- Comenzó Tomás clavando con tristeza la mirada en Eva, mientras dejaba su cuchara en el plato vacío.- Te siguieron hoy, por eso me demoré, había cinco brutos haciendo guardia afuera cuando llegué a las esquina.- Las dos lo miraron con temor, abriendo los ojos como platos ante sus palabras; habían sopesado la idea de abandonar la rutina con anterioridad, puesto que estos ‘brutos’, como ellos los llamaban, ya no se limitaban a salir de noche, sino que habían sido testigos de ataques durante el día. Pero era abandonar su pequeña fortaleza lo que perturbaba violentamente sus nervios, en el pequeño lugar no tenían grandes lujos, pero gozaban de algo que en el exterior no encontrarían, seguridad.-. Cuando doblé en la esquina lo noté: dos esperaban de forma descarada delante de la puerta del pasillo, como esperando a que les abrieran, sin miedo a ser vistos... Había otros dos enfrente, algo más escondidos, en la entrada del edificio gris, y un quinto merodeando con aire perdido entre la pila de basura que esta casi llegando a la otra bocacalle.- Su voz se apagó al momento en que bajaba su cabeza y la sostenía entre sus manos. Apretaba los dedos contra el cráneo con tal ferocidad que parecían fundirse bajo su cabello-. Trepé por la cornisa del galpón que quemaron hace unos días a la vuelta y salté como pude por los techos, pero tuve que esperar la noche, no iba a ser posible pasar desapercibido. Estamos expuestos, yo.- Le fue imposible terminar la frase, gruesas gotas decoraron su rostro, brillaban tenuemente a la luz de la consumida flama, mientras el resto de su figura permanecía dolorosa en las sombras. Leona se movió hacia él, pero cuando quiso alcanzarlo su hermano estaba nuevamente de pie, secándose la cara con el antebrazo. El silencio se prolongó unos leves segundos, hasta que un fuerte estruendo en el extremo del pasillo lo destruyó. Los tres dirigieron sus miradas hacia la fuente del sonido, sin lograr ver; Eva se puso de pie y recogió dos mochilas, instintivamente comenzó a llenarlas de botellas; su hermano tomó su barreta, que antaño lo había beneficiado tanto y se acercó a la puerta. Era imposible ver nada, debido a las maderas clavadas, y a los muebles que habían apilados contra todas las aberturas en la casa. Pero no era necesario ver lo que estaba sucediendo para saber exactamente de que se trataba.
 “Me siguieron y esperaron, estamos muertos”, pensó la castaña mujer que amontonaba provisiones en ambas mochilas con toda la rapidez que su cuerpo le permitía desde su rincón en el suelo, si bien eran enormes la culpa y desesperación que intentaban dominarla, no podía demostrar debilidad frente a la situación; mediante señas le pidió a la pequeña que se acercara y susurró algo a su oído, esta sin dudarlo se movió grácil y sigilosa hasta la próxima habitación, donde hasta entonces dormían. Una vez listos los bolsos fueron colocados sobre la mesa, Eva miró a su hermano, temerosa pero firme y él devolviéndole la mirada asintió, con una dura mueca en su rostro, nervioso pero decidido. Segundos después la enmarañada cabellera rubia se unió a ellos, en sus manos traía un pequeño estuche de cuero negro, la mayor lo tomó y sacó de él una pistola 9mm con algunas balas, regalo de un viejo amigo, rápido y sin errar un solo movimiento la cargó, como él le había enseñado años atrás.
Afuera el ruido del pesado metal quejándose, y los atropellados pasos; adentro los tres en posición. Afuera las respiraciones agitadas y salvajes engullían la paz que había intentado tomar lugar esa noche; adentro Leona se cargaba su mochila, y junto a su hermana despejaban una vez más la puerta del garage, su plan B. Afuera el terror los estaba buscando; adentro Tomás sostenía firme el duro metal que amenazaba con lastimar su piel, no más de lo que lastimaría a aquellos que quisieran tocar a sus hermanas. Y fue entonces cuando ocurrió, mientras esperaron lo inevitable algo surgió fuera de los planes, y la puerta del departamento anterior cedió. Como en cámara lenta Eva giró sobre su eje y se acercó al pasillo, Tomás la detuvo, desconcertado. “ANA” articuló la chica con el rostro desencajado, y una vez más los ojos de él se inundaron, Leona soltó la mochila y cayó de rodillas, inmóvil en el suelo se cubrió los oídos con las manos como aquella noche en casa de sus padres. Hacía mucho que no se encontraban tan cerca de un ataque, pero no lo suficiente.

Cuando la más grande de los Donovan compró esa propiedad en el barrio de San Telmo, después de tanto sacrificio, la única vecina con la que había compartido unas palabras había sido la señora Ana. La chica nunca supo su apellido, a pesar de las extensas charlas de verano bajo el sol, y las meriendas en la casa de la anciana. Vivía sola, y rara vez recibía visitas de su familia. Casi no habían hablado desde que sus hermanos se mudaron con el incidente, pero Ana vivía aún allí, y una vez por semana se acercaban a dejarle víveres en su ventana.

            Era vivir una película de terror, vidrios y porcelana estallando. En su imaginación, los recuerdos de la pequeña casa de la mujer se rompían en pedazos: los pequeños patos sobre la estantería caían al suelo, junto a las copas que le habían regalado en su casamiento, hacía más de cuarenta años. Las fotos de la familia eran arrancadas de las paredes, y la brillante araña de cristal, que la artritis no le dejaba limpiar se despedazaba. En un acto de puro odio  convirtieron en polvo la vida de esa pobre mujer, a tan solo una pared de distancia. “DÓNDE ESTA?!” Gruñó una voz acartonada, pero solo obtuvo sollozos; sabían que no iba a cooperar, y ella sabía que el precio a pagar era el más alto.

            El joven tomó del brazo a su pequeña hermana para levantarla, y aún en shock, como si estuvieran soñando, cruzaron la puerta de la cochera, mientras la habitación se teñía de horror. Esta vez los gritos fueron pocos, pero siempre igual de suplicantes. Ante sus ojos el galpón, estaba casi vacío, la mayoría de la gente del barrio había huido, anticipándose al destino que los esperaba. Intentar encender un vehículo era demasiado arriesgado, porque el ruido los delataría, así que corrieron hacia el portón que daba a la calle lateral sin hacer ruido, en una gran sombra negra. La puerta estaba sin llave, y al abrirla comprobaron que no había nadie afuera. Aún intentando hacer el menor sonido posible avanzaron con las cabezas gachas y pegados contra la pared, uno detrás del otro. A su paso persianas, cortinas y ventanas se cerraban, intentando mantenerlos lejos. Murmullos y los sollozos ambientaban macabramente la escena, imposible de descifrar si eran reales, o solo parte de su mente. Cinco cuadras más tarde, ya habiéndose asegurado de que no los seguían se detuvieron al costado de una camioneta, lejos de la luz. Estaban sin aliento debido al calor, y los nervios. Tenían provisiones para unos pocos días, la pistola y la barreta para protegerse, y la ropa que llevaban puesta. No era esta la forma en la que habían planeado irse, no era este el momento. Pero no les había quedado opción. El mundo se había convertido en el mismísimo infierno, y los tres hermanos se encontraban ahora vagando por él, sin un techo que los resguardara, o un plan que seguir. Era un desesperante juego dónde lo único que los separaba de la muerte era el tiempo.

            Trazaban torpes caminos inconclusos y sin esperanza, cuando en un amigable gesto del destino Leona descubrió que la puerta trasera de la camioneta estaba abierta, apresurados entraron los tres para ocultarse del exterior. Tomás se pasó a la parte delantera y logró ponerla en marcha tocando unos cables, el tanque de nafta estaba por la mitad, lo que los ayudaría bastante. Las dos chicas se quedaron atrás, y a pocas cuadras de emprendido su camino la pequeña se rindió ante el sueño, presa de un estrés que no merecía.
-. ¿A dónde vamos a ir?- Cuestionó la mayor, luego de asegurarse de que la niña en sus brazos estuviera dormida.
-. Al norte.- Afirmó él-. Los primeros casos fueron en el sur, no tenemos muchas expectativas, pero es lo mejor que se me ocurre hacer Eva. Ya no podemos volver.- Golpeó el volante mientras apretaba sus dientes impotente ante la desesperación-. Se acuerdan, se acuerdan de todo, y te querían a vos.
            Ronroneante el vehículo se alejó por una angosta calle, evitando las avenidas, y los accesos que recordaban cortados; devorado por la intriga, el miedo y la oscuridad.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Time - break de la historia -



El deber del tiempo debería ser el de enseñarme, el mío el de aprender.

Aprender que mis esperanzas son vanas, que el resto es ególatra y egoísta, que no pensarán en vos y que poco oyen si pensás en ellos. Suficiente si apenas dedican una vacía mirada a tu gesto.

Aprender que no todos merecen tu esfuerzo, que hay que saber seleccionar quien va a escucharlo y quien no, aún cuando tu corazón siga creyendo y te prohiba negar. Hay que aprender que el corazón es un motor y que, hoy, ya no se puede pensar con él. Que con la cabeza, fría y determinante, las cosas se logran mejor.

Aprender que nadie va a sentir como vos lo haces, que nadie va recibirte así. Que tus abrazos son tuyos y que no van a volver.

Aprender que el otro no se esfuerza, no se arriesga y no camina.

Vos sabés que encerrarse esta mal, pero compartirlo se complica. Uno mira pero no ve.. Porque tiene los sentidos tan marchitos como la esperanza, como la fé, como las ganas. Invadidos por el miedo se abalanzan, pero sobre ellos. Y vos seguís ahí, de pie, sonriendo a un puñado de corazones ennegrecidos, creyendo, dando.. Resignada a recibir algo que nunca existió. Pero ahí.

Años creyendo en que se cambia, años sabiendo que nadie va a cambiar. La gente solo cambia de gente. Y a esta altura vos ya sos un ave de paso. Nómada sin quererlo deambulás buscando algo que por definición no vas a recibir. Si das no recibís, sólo te piden. Si das no recibís, sólo te piden. Quienes no, te exigen. Perdonás, olvidás y seguís dando.. Te vas a cansar, si, de ése. Pero atrás, antes o después, va a venir otro.. y el circo va a volver a alzarse y a armar un nuevo número, no tan nuevo.

martes, 22 de noviembre de 2011

Cap I

Corría el mes de Marzo en la Ciudad de Buenos Aires, y el húmedo calor continuaba invadiendo la atmósfera como lo había hecho desde hacía ya un trimestre. Ése día en particular la temperatura había alcanzado los 42 grados centígrados y, aunque el sol comenzaba a esconderse tras el horizonte casi no había menguado.
Eva Donovan se encontraba regresando de su trabajo; como todos los días viajaba atrapada en un colectivo junto con muchos otros pasajeros, que sin duda excedían la capacidad máxima del transporte. De estatura y complexión promedio era poseedora de un par de penetrantes ojos negros que escrutaban su alrededor con un aire vacío, muchas veces sin siquiera ver. Con poca frecuencia reconocía rostros repetidos en esos viajes, no era una mujer que se fijara demasiado en su entorno, o al menos no de esa manera tan banal. Sus acciones se limitaban a encontrar la mejor ubicación posible, acomodar su castaña melena para reducir el calor y tararear en silencio alguna canción que estuviera sonando en sus auriculares; una joven adulta nada fuera de lo común, al menos en apariencia.
Pasados los veinte minutos que la separaban de su hogar descendió del vehículo y comenzó a caminar. El cielo casi completamente rojo acrecentaba  el aura infernal que se había apoderado de las calles. Cortes de agua y energía eléctrica y un aire que se disponía a ahogarlo todo habían teñido de impaciencia y nervios el temperamento de cada hombre en la ciudad; con lentitud las olas de delincuencia crecieron, mientras que los buenos y básicos modales parecían disminuir de manera proporcional. La muchacha se quitó los auriculares, compró provisiones –entre ellas varias botellas de agua y toallas húmedas- y, tras acomodar parte en su mochila y otra en una bolsa de mano continuó su camino. Apretó el paso al llegar a la esquina del departamento, no podía contra su característica ansiedad, y el grupo de jóvenes que visualizó acercándose desde la cuadra siguiente no le inspiró confianza. Haciendo caso omiso a sus gritos tomó su teléfono celular con la mano libre y marcó, dejó que sonara dos veces antes de regresarlo al bolsillo trasero de su pantalón. Tan solo le quedaban unos diez metros para llegar cuando los hombres comenzaron a correr en su dirección; ella los imitó sin vacilar y se detuvo junto a una puerta a su derecha en el preciso momento en el que esta se abría, sin dejar que lo hiciera del todo saltó al interior cayendo con todo su peso sobre un costado y la cerró de una patada. Quien le había abierto se dispuso a asegurar la entrada, pero en cuanto colocó su mano en la cerradura Eva ya se había desprendido de su equipaje, y sin dejar de sostener con todas sus fuerzas el pesado portón de metal corrió cada cerrojo y trabó el oxidado picaporte con una enorme tabla de madera que impedía que este se moviera. Exhausta se dejó caer nuevamente al suelo, sentada de espaldas al exterior, y se secó el sudor de la cara mientras inhalaba enormes bocanadas de aire denso y caliente que la abrasaban por dentro. La figura a su lado, considerablemente más menuda, se agachó y envolvió su cuello con los brazos; temblando sostuvo el gesto con todas sus fuerzas, y esta le devolvió el abrazo.

-. ¿Cómo estas?
-. Bien.- Contestó con una aniñada voz y poca credibilidad-. ¿Vos?
-. Puedo asegurarte que tuve mejores días.- Bromeó con una sonrisa en su rostro mientras alejaba a su hermana para quitarle la gorra que llevaba y besar su frente.
            Leona Donovan era trece años menor que Eva, y aún no había llegado a la adolescencia, de cuerpo delgado y corta estatura inspiraba en ella una fragilidad que era opacada por su inteligencia, la niña siempre tenía un plan.
            Se pusieron de pie y recogieron los objetos para entrarlos a la casa; recorrieron el extenso pasillo, ignorando las puertas tapiadas a su derecha. La quinta y última correspondía al departamento que la mayor de las hermanas alquilaba desde hacía dos años, mucho antes de que el brote de calor enloqueciera a la gente, cuando el mundo aún se encontraba cuerdo. Vivía sola entonces, aunque sus hermanos la visitaban con frecuencia. Se mudaron un año y medio después, durante la primavera del año 2012, cuando ocurrieron los primeros casos. En ese tiempo la frecuencia de los robos y asesinatos aumentaba en el sur de Buenos Aires, pero se limitaba a morir como rumores. En los medios de comunicación las noticias no variaron, pero en los barrios del conurbano las historias corrían veloces y reales, a pesar de los esfuerzos de las autoridades por desmentirlas. El modus operandi era siempre similar: entraban escandalosamente en la casa por la noche, en grupos de diez -en su mayoría hombres de mediana edad- y golpeaban sin piedad a quienes se encontraban descansando en sus camas, siempre hasta matarlos. Se llevaban objetos de valor, mujeres y niñas; siempre que no se resistieran, puesto que oponerse a ellos se traducía en un trágico y sangriento final.
           
            La noche del incidente de la familia Donovan el segundo hijo, único varón regresaba en su auto de la facultad, como cualquier día normal. Cuando llegó a la entrada y notó que estaba abierta no lo dudó, saltó del vehículo apenas se detuvo sin molestarse en apagar el motor, sabía que lo que estaba pasando en el interior e iba a necesitar escapar deprisa; sabía que sus padres estaban adentro, sabía que dormían, sabía que una noche cualquiera hubiera entrado y cenado lo que su madre dedicadamente preparaba cada noche sólo para él y se iría a dormir, pero sabía que esa noche no iba a ser, y sabía también que Leona escucharía la puerta, como todas las noches y se levantaría a recibirlo. Rogaba que esa noche no. Desde lo más profundo y puro de su alma rogaba que la niña no hubiera recibido a nadie esa noche. Tomás agarró una pesada barreta del asiento del acompañante y se dirigió con paso decidido al interior del lugar, pidiéndole a alguien en quién no creía que no fuera demasiado tarde. Sorprendió a tres individuos en la entrada, quienes al estar tan enfrascados en revisar las estanterías no notaron al muchacho, aunque si sintieron el frío metal impactar en sus cráneos. Al derribar al tercero su cuerpo cayó contra un mueble, y al tocar su cabeza la loza el costado contusionado se abrió levemente en una línea casi perfecta, dejando escapar a borbotones la sangre de su enemigo. Continuó su camino luego de un complaciente vistazo; lo único que interesaba era ella. Logró abatir a dos más en la cocina, y otro en el baño; por lo que observaba en el lugar habían irrumpido poco antes de su llegada: la casa no se encontraba revuelta ni destrozada como solían dejarla, y el único rastro de sangres que había notado era el que él mismo había terminado de derramar. Atravesó el hall desierto y entró en su propia habitación: en las mismas condiciones. Continuó con la de su hermanita, con el corazón en la boca y el cuerpo temblando violentamente, pero tampoco halló nada; se escucharon ruidos provenientes del piso superior, en él existían el dormitorio de sus padres, un segundo baño y el estudio.
-. Nunca subís, siempre me esperás abajo.- Susurró entrecortadamente para sí.

           La última habitación era la que había pertenecido a Eva alguna vez, los muebles aún la ocupaban, aunque vacíos sin uso. Abrió la puerta pero no quiso prender la luz, lentamente se acercó a la cama y debajo de esta algo se movió; con un atisbo de esperanza y prematura alegría se agachó para mirar, pero no fue lo que esperaba. Sin poder evitarlo, con una velocidad increíble, una sombra se abalanzó sobre él, pero lo saltó. El viejo gato de la familia aún se encontraba en forma como para correr de esa manera, volteó para verlo alejarse pero fue en vano, el animal había desaparecido al doblar en el hall, sin duda camino al exterior. Resopló con los residuos del susto aún en su piel y se incorporó con dificultad, mientras trazaba a toda velocidad un plan en su cabeza, era inminente subir y enfrentarlos, no importaba cuantos fueran, no se iba a ir sin ella. Pero algo lo distrajo, un débil haz de luz invadía el cuarto sin reparo y en ese momento había rebotado contra algo detrás de la puerta, vacilante se acercó y la arrimó, cerrándola; contra el rincón un porta retratos mostraba a los tres hermanos en una de las últimas vacaciones, con amplias y divertidas sonrisas en sus rostros, ajenos al presente. Los ojos de Tomás se llenaron de lágrimas y se arrodilló, sin soltar la barreta, para levantar a la pequeña Leona, quien con su largo camisón rosado sujetaba la imagen y lo miraba llorosa. Ella colocó su cabeza en uno de los hombros del joven y rompió a llorar sin consuelo, en un acto de puro silencio. El muchacho la sostuvo en sus brazos con firmeza, intentando transmitirle seguridad, y se dispuso a marcharse, mientras la tenue aparición de la luna hacía brillar su rostro repleto en transpiración, y bañaba la rubia y enmarañada cabellera de la niña. Recorrió el camino de regreso al vehículo con sumo cuidado -cualquier ruido delataría su presencia- pero no fue necesario, los hombres habían logrado entrar al cuarto en el piso superior y unos golpes y alaridos de desesperación invadieron por completo la casa, con una velocidad perversa. Corrió ciegamente con la niña en brazos camino a la calle. Casi llegando a la entrada resbaló con el charco de sangre del que minutos antes se había enorgullecido y cayeron de espaldas chocando contra una de las bibliotecas que se desarmó en pedazos sobre el suelo. El ruido ahogó por un segundo lo que ocurría escaleras arriba, pero no lo detuvo. Escucharon los peldaños crujir con firmeza y se incorporaron. Él la tomó de la mano, y ella, sin dejar de apretar sus ojos en un desesperado intento por apagarlo todo corrió presurosa, sosteniendo con lo que quedaba de sus fuerzas la foto contra su pecho.
Una vez afuera el chico volteó para cerrar la puerta.
-. ¡SUBITE AL AUTO!.- Gritó, mientras a través de la abertura pudo ver a cinco figuras acercándose hacia él.
           La escena pareció congelarse un instante. Enfrente suyo los hombres que corrían en su dirección se veían cegados por un odio que él no comprendía, con los ojos enrojecidos y casi salidos de sus órbitas no parecían humanos. Arriba los gritos de sus agonizantes padres taladraban su mente, como si en realidad estuvieran dentro de ella, suplicando y rogando una piedad que esa noche no viviría. Y afuera la pequeña Leona entrando al coche con los pies y el alma desnudos viviendo una realidad injusta en una cálida noche de verano que regresaría en sus sueños una y otra vez por el resto de su vida. Pero él sólo quería una cosa, una sola idea dominó su ser en ese detenido instante: que mamá supiera, de alguna manera, que los tres estaban a salvo.