-. ¿Tomás te llamó?- Eva empujaba un baúl contra la tapiada puerta
mientras su hermana apilaba las latas en la alacena.
-. Si.- Contestó con la mirada fija en la ilustración de unas arvejas-.
Dijo que estaba en camino.- Hizo una breve pausa, casi perdiéndose en sus ideas
cuando sintió la firme mirada en su rostro-. Hace media hora ya.- Continuó
torpemente. La mujer asintió y se acercó para ayudarla con las botellas.
Guardaban el agua en la mesada, donde rompiendo el cemento habían cavado un
pozo en la tierra que las mantenía bastante frescas, escondidas del sol.
Quince
minutos demoraron en organizar la nueva mercancía y terminada la tarea se
sentaron en dos sillas sumiéndose impacientes en una espera que no dio su fin
hasta las nueve de esa noche, cuando el sol fue devorado completamente por la
oscuridad. Sólo una vela alumbraba la precaria cocina, la luz revelaba su
ubicación a cualquiera que estuviera rondando fuera, y no deseaban compañía.
Tres golpes sonaron en
la puerta que daba a la cochera compartida, seguidos de la pesada voz de su
hermano que fue calma en los oídos de las que habían permanecido inmóviles
alrededor de la mesa hasta entonces. Corrieron un mueble que bloqueaba esa segunda
entrada y recibieron al muchacho, con fuertes abrazos y alegría.
La cena consistió en
dos latas de choclos y, como postre, una de duraznos en almíbar. El menú era
determinado por la proximidad en la caducidad de los productos, y la facilidad
de preparación, intentaban no cocinar para no aumentar el ya insoportable
calor, pero había días en los que no tenían demasiada elección.
-. No quiero que vuelvas al trabajo.- Comenzó Tomás clavando con
tristeza la mirada en Eva, mientras dejaba su cuchara en el plato vacío.- Te
siguieron hoy, por eso me demoré, había cinco brutos haciendo guardia afuera
cuando llegué a las esquina.- Las dos lo miraron con temor, abriendo los ojos
como platos ante sus palabras; habían sopesado la idea de abandonar la rutina
con anterioridad, puesto que estos ‘brutos’, como ellos los llamaban, ya no se
limitaban a salir de noche, sino que habían sido testigos de ataques durante el
día. Pero era abandonar su pequeña fortaleza lo que perturbaba violentamente
sus nervios, en el pequeño lugar no tenían grandes lujos, pero gozaban de algo
que en el exterior no encontrarían, seguridad.-. Cuando doblé en la esquina lo
noté: dos esperaban de forma descarada delante de la puerta del pasillo, como
esperando a que les abrieran, sin miedo a ser vistos... Había otros dos
enfrente, algo más escondidos, en la entrada del edificio gris, y un quinto
merodeando con aire perdido entre la pila de basura que esta casi llegando a la
otra bocacalle.- Su voz se apagó al momento en que bajaba su cabeza y la
sostenía entre sus manos. Apretaba los dedos contra el cráneo con tal ferocidad
que parecían fundirse bajo su cabello-. Trepé por la cornisa del galpón que
quemaron hace unos días a la vuelta y salté como pude por los techos, pero tuve
que esperar la noche, no iba a ser posible pasar desapercibido. Estamos
expuestos, yo.- Le fue imposible terminar la frase, gruesas gotas decoraron su
rostro, brillaban tenuemente a la luz de la consumida flama, mientras el resto
de su figura permanecía dolorosa en las sombras. Leona se movió hacia él, pero
cuando quiso alcanzarlo su hermano estaba nuevamente de pie, secándose la cara
con el antebrazo. El silencio se prolongó unos leves segundos, hasta que un
fuerte estruendo en el extremo del pasillo lo destruyó. Los tres dirigieron sus
miradas hacia la fuente del sonido, sin lograr ver; Eva se puso de pie y
recogió dos mochilas, instintivamente comenzó a llenarlas de botellas; su
hermano tomó su barreta, que antaño lo había beneficiado tanto y se acercó a la
puerta. Era imposible ver nada, debido a las maderas clavadas, y a los muebles
que habían apilados contra todas las aberturas en la casa. Pero no era
necesario ver lo que estaba sucediendo para saber exactamente de que se
trataba.
“Me siguieron y esperaron, estamos muertos”,
pensó la castaña mujer que amontonaba provisiones en ambas mochilas con toda la
rapidez que su cuerpo le permitía desde su rincón en el suelo, si bien eran
enormes la culpa y desesperación que intentaban dominarla, no podía demostrar
debilidad frente a la situación; mediante señas le pidió a la pequeña que se
acercara y susurró algo a su oído, esta sin dudarlo se movió grácil y sigilosa
hasta la próxima habitación, donde hasta entonces dormían. Una vez listos los
bolsos fueron colocados sobre la mesa, Eva miró a su hermano, temerosa pero
firme y él devolviéndole la mirada asintió, con una dura mueca en su rostro,
nervioso pero decidido. Segundos después la enmarañada cabellera rubia se unió
a ellos, en sus manos traía un pequeño estuche de cuero negro, la mayor lo tomó
y sacó de él una pistola 9mm con algunas balas, regalo de un viejo amigo, rápido
y sin errar un solo movimiento la cargó, como él le había enseñado años atrás.
Afuera el ruido del pesado metal
quejándose, y los atropellados pasos; adentro los tres en posición. Afuera las
respiraciones agitadas y salvajes engullían la paz que había intentado tomar lugar
esa noche; adentro Leona se cargaba su mochila, y junto a su hermana despejaban
una vez más la puerta del garage, su plan B. Afuera el terror los estaba
buscando; adentro Tomás sostenía firme el duro metal que amenazaba con lastimar
su piel, no más de lo que lastimaría a aquellos que quisieran tocar a sus
hermanas. Y fue entonces cuando ocurrió, mientras esperaron lo inevitable algo
surgió fuera de los planes, y la puerta del departamento anterior cedió. Como
en cámara lenta Eva giró sobre su eje y se acercó al pasillo, Tomás la detuvo,
desconcertado. “ANA” articuló la chica con el rostro desencajado, y una vez más
los ojos de él se inundaron, Leona soltó la mochila y cayó de rodillas, inmóvil
en el suelo se cubrió los oídos con las manos como aquella noche en casa de sus
padres. Hacía mucho que no se encontraban tan cerca de un ataque, pero no lo
suficiente.
Cuando la más grande de los
Donovan compró esa propiedad en el barrio de San Telmo, después de tanto
sacrificio, la única vecina con la que había compartido unas palabras había
sido la señora Ana. La chica nunca supo su apellido, a pesar de las extensas
charlas de verano bajo el sol, y las meriendas en la casa de la anciana. Vivía
sola, y rara vez recibía visitas de su familia. Casi no habían hablado desde
que sus hermanos se mudaron con el incidente, pero Ana vivía aún allí, y una
vez por semana se acercaban a dejarle víveres en su ventana.
Era vivir una película
de terror, vidrios y porcelana estallando. En su imaginación, los recuerdos de
la pequeña casa de la mujer se rompían en pedazos: los pequeños patos sobre la
estantería caían al suelo, junto a las copas que le habían regalado en su
casamiento, hacía más de cuarenta años. Las fotos de la familia eran arrancadas
de las paredes, y la brillante araña de cristal, que la artritis no le dejaba
limpiar se despedazaba. En un acto de puro odio
convirtieron en polvo la vida de esa pobre mujer, a tan solo una pared
de distancia. “DÓNDE ESTA?!” Gruñó una voz acartonada, pero solo obtuvo
sollozos; sabían que no iba a cooperar, y ella sabía que el precio a pagar era
el más alto.
El joven tomó del brazo
a su pequeña hermana para levantarla, y aún en shock, como si estuvieran
soñando, cruzaron la puerta de la cochera, mientras la habitación se teñía de horror.
Esta vez los gritos fueron pocos, pero siempre igual de suplicantes. Ante sus
ojos el galpón, estaba casi vacío, la mayoría de la gente del barrio había
huido, anticipándose al destino que los esperaba. Intentar encender un vehículo
era demasiado arriesgado, porque el ruido los delataría, así que corrieron
hacia el portón que daba a la calle lateral sin hacer ruido, en una gran sombra
negra. La puerta estaba sin llave, y al abrirla comprobaron que no había nadie
afuera. Aún intentando hacer el menor sonido posible avanzaron con las cabezas
gachas y pegados contra la pared, uno detrás del otro. A su paso persianas,
cortinas y ventanas se cerraban, intentando mantenerlos lejos. Murmullos y los
sollozos ambientaban macabramente la escena, imposible de descifrar si eran
reales, o solo parte de su mente. Cinco cuadras más tarde, ya habiéndose
asegurado de que no los seguían se detuvieron al costado de una camioneta,
lejos de la luz. Estaban sin aliento debido al calor, y los nervios. Tenían
provisiones para unos pocos días, la pistola y la barreta para protegerse, y la
ropa que llevaban puesta. No era esta la forma en la que habían planeado irse,
no era este el momento. Pero no les había quedado opción. El mundo se había
convertido en el mismísimo infierno, y los tres hermanos se encontraban ahora
vagando por él, sin un techo que los resguardara, o un plan que seguir. Era un
desesperante juego dónde lo único que los separaba de la muerte era el tiempo.
Trazaban torpes caminos
inconclusos y sin esperanza, cuando en un amigable gesto del destino Leona
descubrió que la puerta trasera de la camioneta estaba abierta, apresurados entraron
los tres para ocultarse del exterior. Tomás se pasó a la parte delantera y
logró ponerla en marcha tocando unos cables, el tanque de nafta estaba por la
mitad, lo que los ayudaría bastante. Las dos chicas se quedaron atrás, y a
pocas cuadras de emprendido su camino la pequeña se rindió ante el sueño, presa
de un estrés que no merecía.
-. ¿A dónde vamos a ir?- Cuestionó la mayor, luego de asegurarse de que
la niña en sus brazos estuviera dormida.
-. Al norte.- Afirmó él-. Los primeros casos fueron en el sur, no
tenemos muchas expectativas, pero es lo mejor que se me ocurre hacer Eva. Ya no
podemos volver.- Golpeó el volante mientras apretaba sus dientes impotente ante
la desesperación-. Se acuerdan, se acuerdan de todo, y te querían a vos.
Ronroneante el vehículo
se alejó por una angosta calle, evitando las avenidas, y los accesos que
recordaban cortados; devorado por la intriga, el miedo y la oscuridad.