martes, 29 de enero de 2013

Cap Final - Primera Parte



Si hay fuerza más poderosa que el amor, he de confesar que no la conozco. Diez años pasaron ya del incidente, y nada en esta tierra va a hacer que olvide lo que mis ojos vieron en aquel entonces.
Tanto Capital Federal como el resto de la provincia de Buenos Aires estaban abandonados, y nadie tenía noticias del interior. En lo alguna vez habíamos conocido como Ciudad Universitaria se alzaba un basural. Imponente y repleto de peligro. “Los Brutos”, como ellos los llamaban, se estaban asentando. Organizando. Acechando.
Diez años atrás, Tomás las había abandonado, preso de la histeria y el miedo. Había abandonado a sus dos hermanas a su suerte. Diez años atrás Eva y Leona se encontraron de frente al peor momento de sus vidas. Hasta entonces.


Era mediodía. Habíamos llegado a un callejón, el mapa que teníamos era viejo, y muchas calles habían sido modificadas, o estaban bloqueadas por autos y basura. Me bajé de la camioneta con cuidado, con el revolver en mi cintura,  inspeccionando el terreno. Nada llamó mi atención. Los edificios que nos rodeaban formaban sombras macabras en el suelo y las paredes. Pero aunque teníamos hileras de más de diez pisos a ambos lados y un paredón de chatarra en el frente, el furioso sol lograba colarse entre los huecos del metal abollado y corroído ansioso por quemar. Me acerqué a los restos de una camioneta de la que no pude distinguir el modelo. Las puertas habían pasado a la historia y los vidrios, al igual que los de los otros vehículos habían estallado, convirtiéndose en un desfile de brillos miniatura en el suelo a su alrededor. No había nada que pareciera de utilidad. Ni comida, ni agua ni ropa. Tampoco parecían tener nada de combustible, la pila llevaba bastante tiempo en el lugar. Degradándose con lentitud. Continué observando minuciosamente los restos, absorta en mis pensamientos, intentando hilvanar ideas, planes. Intentando de alguna manera escapar de esa situación. Tanto es así que no pude evitar lo que ocurrió a continuación. Simplemente no lo ví. 

Un grito de Leona me invitó a voltearme, tres hombres la sacaban de la camioneta como en cámara lenta. Desenfundé la 9mm y gatillé. El seguro estaba puesto. Bajé los brazos para quitarlo. Volví a levantar la vista y el arma. Una figura se recortó ante mí, obstruyendo mi visión. Recuerdo que sólo tenía 12 balas. Era él y yo. Gatillo una vez más. El cuerpo se desarma. 11. Corro los pocos metros que me separaban del vehículo. Gatillo. De las tres figuras que sostenían a mi hermana una cae. 10. Los dos hombres comienzan a correr, con la pequeña en andas. Mis dedos aprietan incesante el frío metal mientras los persigo. 9. Leona grita con desesperación. 8. El sol me ciega pero sigo adelante. 7. 6. Escucho las balas impactar contra un vidrio. 5. El calor me quema por dentro, respiro enormes cantidades de aire caliente, me cuesta correr. 4. El hombre que llevaba a mi hermana desaparece, no logro frenar a tiempo, me tropiezo al alcanzar su cadáver en el cemento. 3. La otra figura sigue corriendo, como si nada hubiera ocurrido. Como si el plan siguiera en pie. Con una mano me ayudo a levantarme. Leona se aferra a mi pierna derecha y rompe en llanto. Apunto a la sombra que se aleja. El sol me quema y ya no veo. 2. Escucho a lo lejos el cuerpo golpeando contra la superficie. Pesado. Gruesas lágrimas recorren mi rostro, continúo ciega, y me agacho buscando a la pequeña a tientas. La abrazo con fuerzas que ya no tengo y la escudo entre mis brazos cansados. Su lamento parece no tener fin. Segundos después logro abrir los ojos. Caigo en cuenta de todo lo ocurrido, y pienso en Tomás. Mi mirada busca la suya, en la camioneta. A un costado, al lado de ella, a medio camino. Busca su rostro conocido. Pero donde estaba la camioneta no hay más que polvo. No está ella, no está él. “Estamos solas” pienso. Y esta vez el pánico se apodera de mí, por completo.


 Me manejo por instinto. Salvaje como un animal. Sin razonar, rápido y priorizando nuestra seguridad. Reviso los cadáveres, pero ninguno lleva nada encima. No hay llaves, no hay comida ni armas. No pueden estar lejos. Si hay algo que tienen estos brutos es que en esencia nunca dejaron de ser humanos. Los mueve el odio y las ansias de matar. Pero no pueden evitar alimentarse y dormir. Nunca se los ve lejos de su asentamiento, a menos que nos hayan seguido. Era un grupo chico. Tenía muchas variables y poco tiempo para sopesarlas todas, tomé a mi hermana con cuidado que aún conservaba su bolso colgado a la espalda y nos pusimos en marcha. En la esquina un cartel consumido por el óxido rezaba Campos Salles, 3 de Febrero era su intersección. Tomamos Salles, sin medir con terror cada paso que dábamos y nos adentramos en la condenada ciudad, camino al único lugar que parecía seguro. Nunca más equivocadas.

Algunas cuadras más adelante un enorme terreno verde se extendía delante de nuestros rostros. Muertas de sed e insoladas por el sol del mediodía nos era difícil pensar. Nos mantuvimos de pie un instante. Me pregunté en silencio si sería mejor adentrarnos en el lugar o bordearlo. El calor era agobiante. En mi concepción entrar en el terreno parecía más seguro, había menos probabilidades de que hubiera alguien deambulando en él. Corro el pelo rubio pegado de la cara de mi pequeña acompañante y beso su frente.

-. Si me das el bolso vas a estar más liviana para subir.
-. Tengo miedo.- Susurra, y sus ojos prometen inundarse otra vez.
-. No pasa nada, te voy a ayudar a trepar y voy a subir atrás tuyo. Nada malo nos va a pasar.- Asiente casi sin mover la cabeza y se descuelga el bolso de los hombros. En él hay dos botellas vacías y un par de latas de arvejas. El resto de las provisiones habían quedado en la camioneta. Me cuelgo el bolso a la espalda y la ayudo a trepar, sus pies encastran a la perfección en el tramado de la reja, en pocos segundos logra llegar a la cima y pasar hacia el otro lado. Me aseguro que el arma esté en su lugar y me dispongo a subir. El aire denso y la fuerza con la que el sol nos golpea hacen que cada movimiento de mis músculos se convierta en algo agónico. Puedo sentirlos latir bajo mi piel, quejándose. Acalambrados por la falta de agua, cansados y ardiendo.

Una vez adentro nos limitamos a seguir caminando, pegadas a las paredes. Expectantes. Pero nada se mueve. Atravesamos el terreno por completo. Los campos que una vez fueron verdes están amarillentos en el mejor de los casos. Gran parte de lo que nos rodea no es más que tierra y polvo. Más seco aún que nuestras gargantas, desértico. Los edificios están completamente vacíos, nada puede rescatarse de ahí. Me acerco a todas las canillas que diviso, con la esperanza de que alguna funcione, aunque se que el suministro de agua dejó de funcionar para la capital hacía ya mucho tiempo. Al final de recorrido otro alambrado nos separa de la autopista, repetimos la secuencia anterior. Pero decidimos no continuar. El sol comienza a bajar, aunque sin menguar la temperatura. A los costados de los puentes se está fresco, encontramos un rincón oscuro en el cual ocultarnos, y decidimos pasar la noche ahí. Dejo a la niña atrás unos metros, en la sombra y me acerco a unas pequeñas zanjas que sirven de desagote de la autopista. Para mi sorpresa un débil hilo líquido avanza ligero por una de ellas. Lo toco con la mano y lo pruebo: es agua. Intento con dificultad juntar algo en las botellas, sé que no tengo tiempo, pero no puedo contenerme a llenarlas. Con lo impiadoso que se había vuelto el sol sabía que necesitaban hidratarse. Vuelvo a nuestro escondite y comparto mi hallazgo con Leona, que se termina una botella entera. Por mi parte vacío tan sólo un tercio de la mía, la noche va a ser larga y no sabemos que nos deparará el siguiente día. El sol avanza en picada. No se si es el cansancio de mi cuerpo, de mis ojos, o es en verdad el sol que se aleja tan deprisa. Parecen apenas minutos los que pasan hasta que todo se pone negro. La oscuridad me abraza dulcemente y caigo rendida ante el sueño.